¿Gritar o callar el miedo? Por ahora correr. No hay tiempo para pensar. Eso fue lo que hicimos cuando se nos acercaron con pasos firmes y acelerados. Seres de carne y hueso como nosotras, que reaccionaron de forma violenta al sentirse agredidas por los destellos de una cámara fotográfica que desnudó su intimidad.
Un golpe en la ventana izquierda de la parte trasera del vehículo da cuenta de su ira, pues, intentábamos fotografiar a 4 prostitutas que departían en la esquina de la Calle 58 con Caracas a la espera de los clientes de esa fría y lluviosa noche. Sin embargo, y a pesar del miedo que invadió nuestros cuerpos, fueron más fuertes las ganas de seguir descubriendo los secretos de ese enigmático mundo.
En cuestión de minutos estábamos recorriendo otra de las zonas de tolerancia que existen en Bogotá, ubicada en la calle 22 con Caracas, pero, esta vez con mayor precaución. No fue fácil estar allí, las miradas intimidantes nos acechaban constantemente y el ambiente se tornaba, cada vez, más tenso.
Al doblar en una esquina, logramos las imágenes que queríamos, las de aquellas mujeres que exhiben sus cuerpos como maniquíes en vitrinas. ¿Por qué lo hacen?, ¿por supervivencia o por simple gusto? Tal vez las razones sobran, lo que importa es que están allí, juntas pero no revueltas.
“La unión hace la fuerza” es su lema. Unión para crear su propio mundo y fuerza para defenderlo. Un mundo donde el rechazo de la sociedad, esa misma a la cual pertenecemos, no tenga cabida alguna. Ese rechazo que hace parte de un destino por el cual nunca votaron, pero que si tuvieran la oportunidad de hacerlo nunca lo elegirían. Simplemente quieren ser libres en su degradación.
Hacia la media noche recargábamos energías para nuestro siguiente reto: entrar a un supuesto SPA ubicado en la esquina de la calle 58 con carrera 14. Para lograrlo nos hicimos pasar por trabajadoras sexuales en busca de empleo. El plan consistía en que mientras dos de nosotras se encontraban dentro del lugar, la otra se quedaba afuera esperando.
Con las manos sudorosas, producto del nerviosismo, timbramos. Enseguida, un hombre de estatura media, piel morena y, de rostro poco agradable, abrió la puerta. Por su aspecto pudimos notar que el “negocio” deja muchas ganancias. Vestía pantalón de marca, zapatos en cuero, chaqueta de piel de vaca. Su aroma era agradable.
Luego de mostrarle nuestras identificaciones nos permitió ingresar. Por dentro, el lugar llama la atención por su decoración y la sobriedad del ambiente. Nos preguntó por qué estábamos ahí, le respondimos que queríamos trabajar. Nos dijo: “este es un sitio exclusivo, aquí no recibo a cualquier ‘niña’, aquí se reciben niñas bonitas, llamativas, que estudien, bien habladas y que no tengan ningún tipo de compromiso, por que eso es para problemas y esas cosas”.
En esos momentos una de las mujeres que trabaja en el lugar pasó cerca de nosotras. Lo único que tenía puesto era su ropa íntima, unos ligueros y tacones negros, al parecer ese era su uniforme. Por lo que notamos, nuestra presencia le incomodó demasiado, no sabemos si fue por que se sintió amenazada o porque quizás representábamos competencia para ella.
Para hacer un registro fotográfico del sitio, fue necesario que una de nosotras pidiera prestado el baño . Aprovechando que no había nadie en el segundo piso, se le tomaron fotos a las habitaciones, a los baños, al jacuzzi, al sauna, y demás espacios de la ‘casa’. En ese momento no importaba correr el riesgo de ser descubiertas, porque en lo único que pensábamos era en continuar nuestra investigación, al precio que fuera.
Mientras una se encargaba de hablar con el dueño para extraerle información, la otra captaba las imágenes del sitio: “por cada disparo del lente fotográfico, el corazón se me aceleraba más, tenía miedo, pero a la vez sentía la adrenalina que producía saber que estaba en peligro y que si me descubrían quién sabe qué podría pasar. Ese era el reto. Mientras yo tomaba las fotos, mi compañera intentaba distraer con preguntas al tipo que nos había dejado entrar. Al igual que yo, ella también sentía la adrenalina por todo su cuerpo, pero el objetivo era claro. El trabajo era ese y la pasión por hacerlo bien nos llevó hasta las últimas consecuencias”.
Al salir de esa zona, las piernas nos temblaban y las manos estaban sodurosas, la voz se nos cortaba. Fueron tantas las emociones vividas durante esa noche, que a la final no sabíamos ni qué decir.
Pero lo logramos. Ahora estamos aquí, sentadas frente al computador, viendo el producto final de varios días sin dormir, sin descansar. En nuestros rostros se refleja el cansancio de nuestro cuerpo, pero nuestras sonrisas dan fe de la alegría que invade a nuestros corazones.
Como dice por ahí: “Nada es más gratificante que la satisfacción por el deber cumplido”.
Un golpe en la ventana izquierda de la parte trasera del vehículo da cuenta de su ira, pues, intentábamos fotografiar a 4 prostitutas que departían en la esquina de la Calle 58 con Caracas a la espera de los clientes de esa fría y lluviosa noche. Sin embargo, y a pesar del miedo que invadió nuestros cuerpos, fueron más fuertes las ganas de seguir descubriendo los secretos de ese enigmático mundo.
En cuestión de minutos estábamos recorriendo otra de las zonas de tolerancia que existen en Bogotá, ubicada en la calle 22 con Caracas, pero, esta vez con mayor precaución. No fue fácil estar allí, las miradas intimidantes nos acechaban constantemente y el ambiente se tornaba, cada vez, más tenso.
Al doblar en una esquina, logramos las imágenes que queríamos, las de aquellas mujeres que exhiben sus cuerpos como maniquíes en vitrinas. ¿Por qué lo hacen?, ¿por supervivencia o por simple gusto? Tal vez las razones sobran, lo que importa es que están allí, juntas pero no revueltas.
“La unión hace la fuerza” es su lema. Unión para crear su propio mundo y fuerza para defenderlo. Un mundo donde el rechazo de la sociedad, esa misma a la cual pertenecemos, no tenga cabida alguna. Ese rechazo que hace parte de un destino por el cual nunca votaron, pero que si tuvieran la oportunidad de hacerlo nunca lo elegirían. Simplemente quieren ser libres en su degradación.
Hacia la media noche recargábamos energías para nuestro siguiente reto: entrar a un supuesto SPA ubicado en la esquina de la calle 58 con carrera 14. Para lograrlo nos hicimos pasar por trabajadoras sexuales en busca de empleo. El plan consistía en que mientras dos de nosotras se encontraban dentro del lugar, la otra se quedaba afuera esperando.
Con las manos sudorosas, producto del nerviosismo, timbramos. Enseguida, un hombre de estatura media, piel morena y, de rostro poco agradable, abrió la puerta. Por su aspecto pudimos notar que el “negocio” deja muchas ganancias. Vestía pantalón de marca, zapatos en cuero, chaqueta de piel de vaca. Su aroma era agradable.
Luego de mostrarle nuestras identificaciones nos permitió ingresar. Por dentro, el lugar llama la atención por su decoración y la sobriedad del ambiente. Nos preguntó por qué estábamos ahí, le respondimos que queríamos trabajar. Nos dijo: “este es un sitio exclusivo, aquí no recibo a cualquier ‘niña’, aquí se reciben niñas bonitas, llamativas, que estudien, bien habladas y que no tengan ningún tipo de compromiso, por que eso es para problemas y esas cosas”.
En esos momentos una de las mujeres que trabaja en el lugar pasó cerca de nosotras. Lo único que tenía puesto era su ropa íntima, unos ligueros y tacones negros, al parecer ese era su uniforme. Por lo que notamos, nuestra presencia le incomodó demasiado, no sabemos si fue por que se sintió amenazada o porque quizás representábamos competencia para ella.
Para hacer un registro fotográfico del sitio, fue necesario que una de nosotras pidiera prestado el baño . Aprovechando que no había nadie en el segundo piso, se le tomaron fotos a las habitaciones, a los baños, al jacuzzi, al sauna, y demás espacios de la ‘casa’. En ese momento no importaba correr el riesgo de ser descubiertas, porque en lo único que pensábamos era en continuar nuestra investigación, al precio que fuera.
Mientras una se encargaba de hablar con el dueño para extraerle información, la otra captaba las imágenes del sitio: “por cada disparo del lente fotográfico, el corazón se me aceleraba más, tenía miedo, pero a la vez sentía la adrenalina que producía saber que estaba en peligro y que si me descubrían quién sabe qué podría pasar. Ese era el reto. Mientras yo tomaba las fotos, mi compañera intentaba distraer con preguntas al tipo que nos había dejado entrar. Al igual que yo, ella también sentía la adrenalina por todo su cuerpo, pero el objetivo era claro. El trabajo era ese y la pasión por hacerlo bien nos llevó hasta las últimas consecuencias”.
Al salir de esa zona, las piernas nos temblaban y las manos estaban sodurosas, la voz se nos cortaba. Fueron tantas las emociones vividas durante esa noche, que a la final no sabíamos ni qué decir.
Pero lo logramos. Ahora estamos aquí, sentadas frente al computador, viendo el producto final de varios días sin dormir, sin descansar. En nuestros rostros se refleja el cansancio de nuestro cuerpo, pero nuestras sonrisas dan fe de la alegría que invade a nuestros corazones.
Como dice por ahí: “Nada es más gratificante que la satisfacción por el deber cumplido”.
Menfis Karena Molano
Laura Camila Orjuela
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